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  • Sin publicidad

    Me he cansado de poner publicidad para costear los gastos del blog. Puedo asumirlos por mí mismo. Hago esto por diversión.

    Pero si te apetece pagarme una cerveza, aquí tienes un botón:

  • ¡Cómprame un libro!

    320 páginas de celulosa no retroiluminada vintage con lo que hay aquí y el final de "Un nuevo mundo". No necesita baterías y funciona con casi cualquier luz visible.

    Aviso: El papel puede cortar. Consideradlo una feature de ataque a lusers.

  • Buen leer

    El increíble viaje del faquir que se qeudó atrapado en un armario de IKEA,d e Romain Puértolas

    El último pasajero, del maestro Manel Loureiro

    Tengo una pistola, de Enriqe Rubio

  • El problema del TPV.

    -Si lo que yo quiero es muy sencillo, es como la contabilidad. ¿Me entiendes?
    -No. Estamos hablando de un TPV que no hace nada de contabilidad.
    -Hijo, de verdad, no sé que te enseñaron en la escuela…
    -A pensar. Siga, $Boss. Un TPV es como la contabilidad.
    -Sí, es muy fácil. Todos los clientes de presupuesto tienen que tener dos cuentas. Una con lo que deben y otra con lo que pagan y al final el balance tiene que ser cero – me explica mientras garabatea en un folio las columnas del debe y el haber.
    -Vale. Eso ya está hecho. SI un cliente debe algo, se le hace ese seguimiento. No hay que ser una lumbrera para entender que eso debe existir.
    -¡Pues no se hace! ¡No sé lo que me deben!
    -Pero eso no es un problema informático.
    -¡Cómo que no! ¿Pues para qué hiciste el programa?
    -Para que se controlase eso.
    -¿Pues entonces?
    -El problema está en los periféricos orgánicos de activación mecánica de la interfaz física de entrada de datos.

    Me mira estupefacto.

    -Los usuarios- le aclaro.
    -¡Siempre echando la culpa a los demás! ¡Joder!
    -No es mi intención. Pero a ver. Usted es un cliente y va a comprar a cualquiera de sus tiendas. Haga la prueba cuando quiera. Pague a un transeúnte para que entre en una de sus tiendas y le explique el proceso.
    -Mira qué listo. ¿Y tú cómo sabes lo que pasa?
    -Porque me duele el alma de montar tiendas. ¿Le explico?

    Se reclina en la silla y cruza los brazos. Me mira fijamente y muy serio. No sé si pretende darme miedo o intenta descifrar mi expresión plácida y sonriente como la de un androide congelado. Coge un paquete de chicles de la mesa, se mete uno en la boca y se adelanta hacia la mesa que nos separa apoyando los brazos sobre ella y mirando hacia un punto indeterminado entre él y yo. Parece concentrado como un bote de lavavajillas del bueno.

    -Es muy sencillo. Es como la contabilidad- levanta las cejas y ahoga una reprimenda al ver que no paro para esperar su reacción.- El cliente llega con un activo de voluntad para comprar. Entra en la tienda y ve todo muy bonito, muy limpio y muy ordenadito. La mercancía es vistosa y parece que cumple con sus expectativas. Busca el mostrador y ve uno la mar de cuco. Hay tres dependientas tras el mostrador charlando animadamente. Una suave melodía de jazz flota en el ambiente relajado de la tienda.

    Mi jefe se revuelve impaciente. A él le encanta ese ambiente, ése es el estilo que quiere para su cadena de tiendas. Le estoy diciendo algo que él ya sabe y no le gusta perder el tiempo. Sin embargo, es necesario.

    -El cliente se dirige a las dependientas y les da los buenos días. Se queda esperando a que le contesten pero las dependientas están demasiado ocupadas cacareando. Comenzamos a sumar en el pasivo de la cuenta de  ganas de comprar del cliente unos cuantos puntos. Vuelve a dar los buenos días. Sigue ignorado. Alza más la voz, y una de las dependientas medio gira la cabeza para saludarle y preguntarle si quiere algo. El cliente pide algo así como un presupuesto. Por ejemplo. Explica lo que quiere y la dependienta va apuntando en un cuaderno.

    $Boss me mira raro. De momento no hay nada extraño en el comportamiento de los usuarios excepto quizá cierto despiste. Sigo sin prisa. Está claro que no se quiere quedar con la historia a medias, pero ya se está predisponiendo en contra del informático quisquilloso. Me encanta.

    -El cliente quiere saber si los apechusques coloraos los tendrán es el almacén porque le corren mucha prisa y si las argamufas las tienen que fabricar a propósito en la medida que él necesita. Entonces, la dependienta mira hacia el ordenador y el cliente piensa «caramba, qué preparados están». Pero enseguida la dependienta le dice «Uy, pues lo tengo que preguntar a fábrica». Entonces el cliente se queda esperando en silencio, añadiendo otros pocos puntos al pasivo en su cuenta de ganas de comprar. Como la dependienta se le queda mirando igualmente, el cliente le dice: « Pregunta, pregunta, me espero » « Es que no están ahora.» Y oiga, que son las once de la mañana. El cliente añade otro chorro de puntos más al pasivo. Aún así, como el producto es bueno, sigue en la tienda. «¿Cuándo lo vas a saber? » «Pásese la semana que viene ». Eso sólo para que le den una información.

    »A la semana siguiente el buen hombre llega a la tienda de nuevo, con el balance de ganas muy equilibrado ya. Le dicen que no tienen apechusques y que las argamufas no saben si hay que hacerlas explícitamente en esa medida o no, pero que el precio «varía muy poco, cien o doscientos euros como mucho». En un artículo de cuatrocientos euros, pues es un margen aceptable.

    Ya se le van revolviendo las tripillas al $Boss. Ya no mastica chicle, sólo aprieta las mandíbulas.

    -El cliente se queda con una cara de póker del quince. Aún así, firma el presupuesto en el cuaderno y paga una señal.
    -¡Ojo lo que te enrrollas! ¿Por qué firma sobre un cuaderno? ¿Es que el ordenador no hace presupuestos?
    -No.
    -¡Joder! ¡Pues me dijiste que si!
    -Mea culpa. Me expresé mal. El ordenador tiene una aplicación para poder confeccionar presupuestos. Ahora, sólo no funciona. Necesita que alguien pique los datos.
    -¿Y qué pasa, que no los pican?
    -Claro que los pican. Pero al final. ¿Cómo que al final?
    -Al final, al hacer balance. El cliente recibe la mercancía y paga. Pero resulta que de todo lo que pedía, los apechusques no son coloraos, sino verdelima y encima están machados. Un fallo lo tiene cualquiera así que pide que lo devuelvan y le den lo que él pidió.
    -Claro, y entonces avisan a la central y se hace una devolución con el traspaso de mercancía entre almacenes y…
    -No.
    -¿Cómo que no?
    -Como que no. Eso, al final.
    -¿Todo al final?
    -Todo. El cliente ya tiene la cuenta de pasivo a rebosar y está poniendo los números en un rollo de papel higiénico de larga que es la cifra. Dos meses después reciben los apechusques coloraos. Al abrirlos, resulta que no son coloraos, sino verdelima y manchados.
    -Imposible.
    -Lo que yo le diga, que lo han visto estos ojos que se han de comer los rayos catódicos de mi monitor. El cliente ya no quiere los apechusques ni coloraos ni verdelima ni transparentes. Quiere su dinero.
    -¡Pero no se devuelve el dinero! ¡Lo tengo prohibido!- brinca exhaltado.
    -Tranquilo, no se sulfure. La dependienta le explica muy amablemente que la política de la empresa es de entregar un vale por el importe a devolver. Al cliente no le hace mucha gracia pero acepta. La dependienta mira el ordenador y parece meditar unos segundos. Agarra una tarjeta, le da la vuelta y escribe «vale por chopocientos euros». Le planta un sello y se lo da al hombre, que lo mira desconfiado.
    -¿Cómo que…?¿Y el ordenador no hace vales?
    -No. El ordenador…
    -Sí ya, que si no lo meten no lo hace.
    -Bingo. Sin embargo el cliente se ha ido hasta los huevos y si vuelve es a gastarse el vale. La contabilidad no falla.
    -Pero y entonces, ¿cómo es que hay presupuestos grabados en el programa?
    -Son finales. Cuando el cliente se ha ido ya, ha pagado todo, ha devuelto todo lo que tenía que devolver, ha llorado, maldecido, implorado, suplicado y amenazado; entonces es cuando se hace todo el proceso. Pican el presupuesto copiando del cuaderno. Tres meses después, claro. Pero lo pican. Lo que pasa es que han ido poniendo un punto rojo a lo que iban recibiendo, dos puntos rojos a lo que faltaba por venir, un punto negro a lo que está entregado y tachando lo que se ha devuelto. Lo que pasa es que a veces no se entiende muy bien lo que pone y se lo inventan. A continuación meten los pagos que tienen apuntados en el cuaderno. Aceptan el presupuesto, lo imprimen, lo sellan, lo firman y lo mandan por fax a la central como si aquí no tuviésemos sus datos.
    -¡Pero eso es una locura!
    -Ya. Por eso no cuadran las cajas ni las existencias. Porque si se devuelven cosas y no se indican en el ordenador, el ordenador no sabe lo que va en el activo ni en el pasivo ni nada.
    -¡Joder!
    -Pero es que luego los vales de cartón los cobran como si fuese dinero en metálico. Y como se pasan en la caja, lo compensan con gastos o dicen que se equivocaron marcando tarjeta en lugar de efectivo o algo parecido.
    -¿Y la mercancía que sobra?
    -Llaman a fábrica indignadísimas diciendo que ellas no han pedido eso.
    -¿Y tú cómo permites eso?
    -Si es que a mí me da igual, oiga.
    -¡Cómo que te da igual! Esto ya es el colmo, vamos. Que se estén haciendo las cosas mal y que te de lo mismo. Es que es inaudito, de verdad- me grita levantándose de la silla. Sonrisa de androide.
    -A ver, que no me explico bien- le miro y se va poniendo cetrino. La vesícula empieza a fallar.- Yo detecté al principio vicios de estos y le comenté a la encargada de las tiendas que se estaba trabajando de manera errónea. Tuve una reunión con ella y le expliqué qué hacían mal y cómo se tenía que hacer para que la cosa fuese rodada.
    -¿Pues entonces?
    -Ella instauró el actual plan de trabajo. Fue ella la que dijo que se hiciesen las cosas cuando estuviese todo claro para que no hubiesen problemas. Será que me explico mal…
    -¡La hostia! ¡Llama a la encargada esa!

    Agarro el trimpititer y marco un número. Un tono, dos tonos, tres tonos… manos libres, cuatro tonos…

    -Mmmmm… ¿dígame?
    -¿Eres Rasillona?
    -¡Hola Wardog! ¡Habla rápido que estoy hablando por el fax y queda poca tinta!
    -Nada, que $Boss quiere hablar contigo acerca de tu nuevo plan de trabajo.
    -¡Ah, vale, dile que en cuanto acabe de hablar con el financiero voy!
    -¿El financiero?
    -Lucky.
    -El contable, coño.
    -Es que tu lo dices más fino.

    Se oye un golpe.

    -¿Qué ha sido eso?
    -Nada, nada, que estaba haciendo una captura de pantalla que me han pedido de un proveedor para ver nuestro stock y se me ha resbalado la cámara de fotos y se ha caído al suelo, pero no se ha roto ni nada.

    Miro al $Boss y está llorando encogido en un rincón.

    -Bueno, mira, es igual, que vengas enseguida, por favor.
    -Voy, voy, termino con Lucky, mando unos albaranes para que me deliberen unas cosas que he comprado, arqueo las facturas, piticlineo un email urgente por fax y voy para allá.
    -Vale, moza, lo que tú quieras.

    Si llega a decir una gilipollez más se hubiese replegado sobre sí misma en una suprenova al provocar una perturbación cósmica del cagarse en el equilibrio universal. Me acerco al $Boss y le doy una palmadita en la espalda, le obligo a sacarse el dedo gordo de la boca y le seco las lágrimas con su corbata. Le siento en su silla y con mi mejor sonrisa de androide le digo:

    -Le acompaño en el sentimiento. Ánimo.

    Se derrumba llorando sobre la mesa mientras yo me alejo silbando la de «La muerte tenia un precio» con una sonrisa de oreja a oreja.

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